29 de enero de 2012

Parece una jugada del destino nocturno que mientras suena esta canción de fondo, me asome al balcón y vea cómo la lluvia se avecina, con sus luces oscuras que atraviesan el cielo de la misma forma en la que me atravesaste esa noche de la que ya alguna vez hablé. Sufro de una negación obstinada, pero todavía tengo el sabor dulce que supe descubrir tanto tiempo después en la boca, en los oídos, en la punta de los dedos y en toda la piel que me cubre, que me contiene para no explotar en un sinfín de meteoritos que me nacen del pecho cuando cierro los ojos y me imagino pasándote los dedos por el pelo. Si los cierro, estoy de nuevo ahí, sentada a tu lado en alguna calle, o caminando sin rumbo a tu lado, o intentando no dormir cuando estoy a tu lado por miedo a despertarme y que la luz del día nos devuelva a esa realidad que no quisimos que nos toque. Era inevitable, uno no elige cuándo le ocurren las cosas. Es inevitable añorar con esta vehemencia a quien deseo tanto tener a mi lado.
¿Será que algún día, nuevamente, la música y la lluvia nos volverán a cruzar?

12 de enero de 2012

21 de diciembre de 2011

Nos vemos el año pasado.

11 de diciembre de 2011

La Sonámbula

21 de noviembre de 2011

Si ya jugaste todas tus cartas, sólo nos queda ponernos a bailar...

29 de octubre de 2011

De sueños hay para rato. Lo último que recuerdo es haber estado en una casa gigante compartiendo mate con un chico con el que estaba saliendo. Los sueños no son consecuentes con mi vida diaria, de pronto me encuentran enamorada y babosa por un pibe al que jamás le había visto la cara. Así las cosas, íbamos de la manito y a mí me gustaba su barba, de pronto, un poquito crecida. En mi sueño yo había sido lesbiana, o al menos había estado en la duda, y me había atrevido con alguna que otra muchacha que poco tenía de barbuda. La última, en cronología-sueños, era una que tenía una banda, altísima, pelo largo negro y flequillo divino. Tocaba el bajo y a ella sí le conocemos la cara en la vida real. Por eso, no la nombramos, nos hacemos la sota y como quien no quiere la cosa seguimos de largo. Por esas circunstancias de la curiosidad onírica, la de la duda era yo y la de la seguridad segurísima era ella. Nuestra historia había sido breve y confusa, de esas que dejan corazones desparramados por el camino. Después está la que encuentra al amor de su vida en una barba de tres días y chau pichi, san se acabó. De pronto, estamos en un taxi, la del flequillo y yo. No sé si me fui para adelante o si me fui para atrás... la cuestión es que para describir sueños, mejor levantarse en el momento y ponerse a escribir. Ella, triste. Yo, triste (pero con barbudo). El barbudo no es un indicio menor, de seguro me fui para adelante, pero recuerdo que en el sueño tenía la sensación de "esto es historia vieja". Ahí nomás en el taxi, la cosa se puso peluda. La del flequillo y yo nos pusimos a discutir; bah, en realidad, la que discutía era ella, yo la miraba con mi mejor cara de "por-qué-me-está-pasando-esto, si le pido perdón no es creíble, ¿y si me tiro del taxi?". Cuando de golpe el taxi para en alguna locación de novela venezolana y la flequilluda me escupe su guion:

"¡Bien que ahora te lo cogés a él, pero cuando te hacés la paja seguís pensando en mí!"

Así se iba, media vuelta y bomba de humo. Yo, parada en medio de la vereda sin ningún tipo de reacción.
Un aplauso para la actuación de la flequilluda. Y un aplauso para mí, por haberme sacado en sueños de ese lugar tan incómodo que se llama ponerse a bailar a destiempo.

20 de octubre de 2011

Qué se hace cuando las canciones cobran un nuevo sentido