6 de noviembre de 2010

I

Ella está ahí. Rubio etéreo, ojos claros efímeros, élfica en su esencia. De sólo verla me doy cuenta de que no hay nada más peligroso que estar ahí. Al lado está la otra, la madre. Se me hiela la sangre. No sé qué es lo que se supone que tengo que hacer... pasar una prueba, quizás. Superarlas a las dos. Sobre todo a ella, a su rubio efímero y sus ojos de hiel. El miedo se apodera de mí y decido huir; la puerta se aleja cada vez más, el vidrio me rodea, estoy descalza y se me llenan los pies de astillas. Sé que ellas dos me están siguiendo lentamente, pero siempre más rápido que mi huida frenética. Llego a un salón y hay un hombre sentado; ni siquiera se da vuelta para mirarme. Mi desesperación ya es incontenible. Empiezo a correr y atravieso la primera puerta que veo frente a mí. Corro por la calle y me doy cuenta de que sigo descalza; sé que así no voy a llegar nunca a ninguna parte. Tengo que volver. Abro nuevamente la puerta, miro hacia adentro y están ellas dos paradas, clavándome la mirada. Él fuma en el sillón. Jamás me mira.


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