Me pongo los primeros zapatos que encuentro en el piso. Ellos siguen en la misma posición, inertes. Mis palpitaciones aumentan. Cierro la puerta y los dejo atrás. Empiezo a correr por otras calles, ya sé a dónde tengo que llegar: la plaza. Corro sin parar, pero siento que estoy perdida... tengo que detenerme a preguntar. Hay un hombre, parece una buena persona, siento que puedo confiar en él. Le digo que tengo que llegar a la plaza, que estoy perdida. Con una mano me indica que tengo que llegar a la esquina, doblar a la izquierda y entrar por la diagonal; ése es el mejor camino. Le agradezco sin palabras y me dirijo hacia la esquina, donde me encuentro con una muralla que tengo que atravesar. Dejo de correr y me paro a observarla. Finalmente, me decido.

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