25 de diciembre de 2010
Porque cuando nací era de noche y no soporto estar despierta cuando empieza un nuevo día, caminar perdida por la calle, sentir que no voy a llegar nunca a ningún lado si no tomo otro camino, diferente al que transito. Doblo, vuelvo, cruzo, me escapo de la gente y del sol que está cada vez más fuerte. Tengo los sentidos completamente trastocados, hace mucho calor y cada vez estoy más convencida de que nunca voy a llegar. Debería intentar llegar a pie desde donde estoy. Llegar con el cuerpo y después con la cabeza. Evidentemente llegué, porque estoy acá sentada escribiendo y todavía no entiendo qué hora es, ni cuánto dormí ni por qué no sigo durmiendo. Por qué hace unas horas en mis pupilas dilatadas se me estampó tu reflejo y cuando creí que hoy no dormiría en casa pensé en vos y en las cosas que me gustaban, las cosas más sencillas. En lo mucho que me gusta entenderme sin tener que decir demasiado, en lo mucho que me disgusta el ruido excesivo. En lo lógico de haber sentido que realmente pertenecía a ese silencio que sólo se rompía cuando tus manos cortaban el viento.
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