Y así nomás, después de la horita y media de clase para pre-principiantes, pasito básico, pisada, patada voladora y alguna que otra mirada feroz de la tanguera experimentada de turno (también conocida como la tanguera conchuda a la que le gusta meterse entre un montón de pavos que no saben el paso básico), aplausos y felicitaciones... y arranca la milonga. Cervecita para amenizar, conversación con los que tenemos cerca, encuentros del tercer tipo con gente que no veía hace mucho y muchas ganas de poner en práctica todo lo que había aprendido durante las tan valiosas casi dos horas de clase.
Todos los que estuvimos en la clase de tango para tontos nos sentamos alrededor de la pista a mirar a los que ya tenían la posta del asunto. Tango y milonguita y empieza el momento de furor, parece que acá los chicos sacan a las chicas, y ahí es donde me empiezo a perder. Miro al que tengo al lado y pienso en ese asunto de los códigos, el cabeceo, que si no le gusta mi forma de bailar pero es educadito igual baila conmigo, que si es tan conchudo como la tanguera desubicada me deja tirada en la pista como a una cualquiera.
Otro vasito de cerveza para aflojar y, justo cuando no tenía que hacerlo, levanto la mirada. El flaquito metro sesenta me está mirando a lo no tan lejos, cual tanguero apoyado en un farol. ¡Qué porte, qué estampa! Qué cagada, lo miré. Y cabeceó. Como yo de cabeceos no entiendo nada, corro la mirada, frunzo un poquito el ceño (entre otros)... y no me aguanto, lo vuelvo a mirar. Y me vuelve a cabecear. Hijoéputa. No sé qué hacer, no sé si yo también tengo que cabecear (y si lo hago, cómo no quedar como una ridícula), entonces no tengo mejor idea que levantar la manito izquierda y hacer un movimiento, como saludándolo. Escucho una carcajada conocida a mi lado, pero prefiero no mirar. El flaquito metro sesenta de jogging, zapatillas y camperita azul (todo combinado) se acerca con las manitos en los bolsillos y yo me acerco con la cara petrificada.
- Hola, qué tal
- Hola, bueno, mirá, bailemos, pero ésta es la primera vez que bailo tango (¿el acto de la primaria no cuenta?)
- Bueno, está bien, no pasa nada, vos seguime, caminá
- Ok, ok
- Bien, vas bien, caminá, no te pongas tensa
- Uy, perdón, ¿te pisé?
- No pasa nada, vos caminá relajada, seguime
- Eh... (¿me movió el hombrito para que haga el ocho o me parece a mí?) Uy, bueno, me salió como el orto
- Sí, bueno, más o menos algo salió
- Hm... (qué guacho, otra vez me movió el hombrito) Perdoname, pero bueno, viste, la primera clase, qué sé yo
- ¿Y aprendiste algo? Yo en la primera clase no aprendí nada
- Uf, me re-equivoqué con los pantalones y las zapatillas y todo (nunca más el chiripá para bailar nada, anotado)
- Puede ser, ¿vos sos dark?
(Me miro)
- ¿Dark? No, me visto mucho de negro, pero de dark no tengo nada, no
- ¿Y qué música escuchás?
- Eh...
- ¿Metallica, Evanescence?
- Eh... (¿qué?) Bueno, no sé, Björk es...
- ¿Bior?
- Sí, bueno, en realidad...
Una cabeza le sacaba al flaquito metro sesenta de jogging, zapatillas y camperita azul (pelo sin gomina). La situación era ridícula e insostenible. Las otras parejas daban vueltas en el aire y yo no sabía bien si empezar con la derecha o la izquierda. Termina el primer tango y el flaquito, alma de profesor, no tiene mejor idea que invitarme a una milonga a la que va los lunes pero uy qué pena justo los lunes tengo un curso de llevar zorete a pulso y no puedo, pero bueno, supongo que acá voy a volver. El flaquito hizo lo que pudo conmigo, pobre. Después se juntó con la tanguera del encuentro del tercer tipo y se hizo un festín, se hizo.
Más tarde otro tipo no me cabeceó pero me preguntó: ¿tangou? No, no, gracias y una sonrisita. Sin ningún problema, me fui silbando bajito practicando el paso básico. Quién te dice, algún día, me termine saliendo el ocho.