14 de agosto de 2011

Supongamos que el tiempo vuelve atrás y de nuevo estamos viviendo todos esos encuentros que ya se me habían escapado del recuerdo. Vos los tenías bien frescos y los supiste enumerar en perfecto orden cronológico, despertando en mí una chispa de sensaciones pasadas que de golpe y sin aviso previo se me hicieron presente. Te llevé a un montón de lugares creyendo que el pasaje de los cuerpos de un espacio a otro en períodos equivalentes de tiempo era lo más cercano a una confesión o a unas palabras que en ese entonces no llegarían nunca. De tanto no decir nada pasaron los días, pasaron los meses y pasaron los años. Cada cual se quedó y se fue para vivir vaya uno a saber qué. Todo lo presente se convirtió en olvido y llegaron otras personas que después también se fueron, no sin antes haber dejado una marca. Evidentemente vos también dejaste una marca imborrable, porque a pesar del paso del tiempo, cuando nos cruzamos de casualidad en esa esquina después de un recital me quedé paralizada bajo la lluvia, conteniendo la respiración y apretando fuerte el cigarrillo con la mano izquierda. Me acuerdo que hacía un frío de morirse, pero eso no quitó que los pocos grados de temperatura que tenía en el cuerpo se me subieran de pronto a la cara. Habían pasado muchos años, pero conservabas la misma sonrisa fresca y casi adolescente con la que te conocí. Estar en esa esquina bajo la lluvia escuchándote hablar del recital que acababas de ver fue como empaparme de nuevo en todo lo que me había pasado y no me había animado a decir.

Siento que te miré como miran los conejitos a los autos pasar al costado de la ruta.